A propósito de la memoria - Gabriel García Márquez

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Discurso de lanzamiento del libro “Vivir para contarla”, de Gabriel García Márquez, pronunciado por su sobrino, el actor y filósofo Esteban García Garzón

Vivir para contarla. Contar la vida. Seguir viviendo y poder contarla. Vivir contándola como él la cuenta, como ya se ha contado disfrazado y directo. Como se ha ocultado, contando su vida apareciendo como otros en sus cuentos, en sus libros. Se ha plasmado escribiendo, viéndose reflejado en los papeles, en las letras. El escritor vive ahí adentro y a veces afuera. Sobretodo adentro donde cuenta lo que ha visto, lo que es vivir y de cómo lo cuenta.

Se ha cansado, ha caminado lento, se ha detenido. Vuelve y se levanta y sigue. Con el cuerpo estropeado, como carcomido por los gallinazos en los sueños. Ha soñado que abre las puertas de los cuartos, donde todo se repite, ese inacabable abrir y cerrar de puertas, visitando ese mismo cuarto que a veces atraviesa.

Se sienta. Vuelve a sumergirse en ese vivir adentro. Ahora hacia atrás, se busca, se dibuja en el pasado. Se traslada por los recovecos de su memoria. Entra y sale. Pregunta. Aclara fechas y datos. Vuelve el librero a buscarle libros ocultos en el centro de la ciudad. Vuelve a ser investigador, ahora de sí mismo. Ahora le apasiona leer sus orígenes, sus abuelos y sus padres. Su tierra. El inicio de todo su mundo, la fuente de toda su obra.

Se ha caracterizado por estar regresando a ese niño, que habla con su abuelo Nicolás, que oye las historias de Tranquilina. Se visita al lado de Añia, su hermana. En la casa grande, donde habitan los muertos en la noche, donde corren las historias de cien años, donde habita la soledad. El coronel, su eterna inspiración y modelo. El patriarca que ha estado presente en toda su obra. El hombre que lo llevó cogido de la mano, recorriendo la plaza, cuando apenas era un niño a conocer el hielo.

Cuantas veces se ha repetido su recuerdo, en todos los lectores del mundo, ahora en todos los idiomas, se ha plasmado para siempre en sus libros. Porque siguió calentando su brazo, tan solo con la variación sutil y después llamada mágica de la realidad de su memoria. ¿Qué realidad será esa, que después de cincuenta años de vivir transformándola, inundado de Macondo hasta los pies, regresa a ella con todas las variaciones posibles a los hechos que él mismo vivió?

Ahora él es el patriarca. Lo vemos como él veía a su abuelo Nicolás. Ocupa ese lugar después de la partida de la niña Luisa. Ahora se sienta en la cabecera de la mesa. Solitario comienza a contar sus cuentos, esta vez no los narra, sus palabras se transforman en letras al papel. Su familia se convierte en el mundo y el patriarca transmite todos los valores recorridos en su andar, su tradición, la leyenda de la vida.

Los García Márquez, su familia de sangre, recuerdan sus cuentos a través de otras versiones, aclaran los matices irreales que él les ha puesto para universalizarlos. Lo ven caminar entre la gente, entre los personajes más reconocidos. Lo vieron poco a poco escalar desde que salió de su casa y mandó a decir con Añia, que no seguiría estudiando derecho, mientras el viejo panti, su padre, le contestaba: "comerás papel". Y realmente comió él y le dio de comer a muchos. A todos nosotros nos fue apoyando de muchas maneras. Y hoy, los hijos de los García Márquez se sientan a relatar su historia, a seguir las claves como lo hizo el benjamín de la casa, Yiyo, su hermano menor, casi su hijo. Y entendemos eso que nos dijo por teléfono hace pocos días: "Es que todavía me sorprendo de la maravilla que es poder publicar un libro".

Y es que ha dicho que siempre ha escrito para que sus amigos lo quieran más. Desde los años de la cueva comenzó a remar su barca, porque según él si no remaba solo, se hundía con todos, con todos los de la casa. La casa, de ahí fue de donde partió su idea de Cien Años, que todo sucediera en la casa. Como realmente sucede, once hermanos y cuatro naturales, donde todas sus ficciones son apenas descripciones vagas de la naturaleza de su estirpe. Bomberos, monjas, cónsules, mormonas, escritores, palabreros, neuróticos, revolucionarios. Una familia grande en donde él ahora se sienta en la cabecera de la mesa. Y hoy, así como toda Colombia y el mundo entero, su familia ríe por el abuelo que vuelve a reunirnos bajo el fuego para recordar su vida y todas las historias que ha acumulado. Nos reímos con la alegría de que siga aquí con nosotros, dibujando con sus manos las posibilidades de la creación de sus mundos, con sus exageraciones y su puntería para los comentarios.

Hoy no estamos aquí únicamente los que lo admiran y quieren estar cerca, aquí estamos sobretodo, los que lo queremos. Por sus letras, por supuesto, y porque son setenta y cinco años en donde nos ha enseñado a creer en nuestros sueños, a luchar por las utopías, a regresar al arte. Además de verlo como se ha entregado por sus hermanos, por la tranquilidad de los suyos, aún con sus distancias.

Siempre vuelve y se acerca, lo veo acercarse sonriendo como antes. Se acerca y me abraza, luego se sienta a "dar clase", como le dice a Mercedes cuando por ahí pasa. Habla y habla de que lo importante es contar el cuento, "a la gente le gusta que la engañen" dice con su voz confidencial. Luego descansa, quiere hablar de otras cosas, se va porque pronto se hundirá de nuevo en el reto de viajar entre sí mismo y volver a descubrir su largo andar.

Agradezco en nombre de esta gran familia a todos los que han acompañado este vertiginoso viaje del escritor. Todos los que han ayudado a construir su sueño, el deseo de llegar a contar sus cuentos al mundo entero. A los que han seguido cultivando sus proyectos, sus fundaciones, su revista, su herencia. Para que siga siempre brillando la estrella de Melquíades que alumbra la cultura de esta tierra y con la gratitud a su esfuerzo, continuaremos su legado para hacer del caribe, de Colombia y del mundo un lugar donde podamos habitar como la misma sangre, en un Macondo que nos soporta, y nos ve desaparecer entre los muertos y recordarnos entre los vivos.
 
Y mientras siga este escritor de libros remando esta barca podremos tener la esperanza que en éste río de la vida siempre exista la posibilidad de que nos adornen las mariposas amarillas, que las mujeres se eleven al cielo entre sábanas blancas, que vayan llegando los gitanos con nuevos inventos y regalos, hasta el día en que seamos nosotros, la continuación de la estirpe, y podamos hacer de éste legado una realidad tangible, hasta que el viento arrase nuestra especie y no haya una segunda oportunidad sobre la tierra.¨

8 de octubre de 2002
Colombia

 

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