Borges, la política, la guerra y la dictadura

Jorge Luis Borges en Texas, 1962

Escrito por Marisa E. Martínez Pérsico

EL ANTIPERONISTA DE SU GENERACIÓN

En el año 1956, Borges se transforma en el destinatario de una serie de críticas de peronistas y de izquierdistas. El escritor suele replicar a las agresiones, por ejemplo, de la siguiente manera:

“Creo que el dictador encarnó el mal y que es un prejuicio romántico suponer que su causa no fue perversa, por la sola razón de que hoy es una causa perdida. Turiferario a sueldo me llama Ezequiel Martínez Estrada; la injuria no me alcanza porque yo sé que la felicidad que sentí una mañana de septiembre, cuando triunfó la revolución, fue superior a cuentas me depararon después honras y nombramientos cuya esencial virtud, por lo demás, fue la de ser reverberaciones o reflejos de aquella gloria. Creí en la revolución cuando ésta no era otra cosa que una esperanza; sigo prestándole mi fe, ahora que es una realidad victoriosa.”

También se enfrenta a Ernesto Sábato, a quien Borges califica como “un escritor respetable cuyas obras pueden estar en manos de todos sin ningún peligro”, denominación no exenta de ironía. Sábato fue uno de los tantos intelectuales que censuraron la adhesión de Jorge Luis Borges al nuevo gobierno.

Con respecto a sus alineamientos políticos, en el año 1969 dirá lo siguiente:

“No aspiro a ser Esopo. Mis cuentos, como los de las Mil y una noches, quieren distraer y conmover y no persuadir. Este propósito no quiere decir que me encierre, según la imagen salomónica, en una torre de marfil. Mi convicciones en materia política son harto conocidas; me he afiliado al partido conservador, lo cual es una forma de escepticismo, y nadie me ha tildado de comunista, de nacionalista, de antisemita, de partidario de Hormiga Negra o de Rosas. Creo que con el tiempo merecemos que no haya gobiernos.”

Su antiperonismo es furioso. En mayo del año 1971 publica en el periódico la Nación el artículo intitulado “Leyenda y realidad”, que se trata de un provocador manifiesto antiperonista donde menciona “el tedio y el horror de la dictadura”. Esta nota desata una intensa polémica.

El panorama político, hacia 1973, lo obligó a viajar al exterior; lo hizo a México y España. Los peronistas de Héctor J. Cámpora resultaron victoriosos en las elecciones de Argentina. Dado que Borges –afiliado al Partido Demócrata Conservador– insistía en calificar al gobierno de Juan Domingo Perón como “los años de oprobio”, le sucede algo similar a lo que Leopoldo Marechal debió sobrellevar en el año 1955, cuando se autoproclamó “poeta depuesto”. Borges debió jubilarse y abandonar su puesto de Director de la Biblioteca Nacional por desacuerdos con el gobierno político de turno.

BORGES Y LOS DESAPARECIDOS

Y llegamos a 1980, año significativo para la historia argentina. Punto de inflexión. El 15 de mayo se publica en el diario Clarín la última narración del escritor, con el título “La memoria de Shakespeare”. Ese mismo año, a pedido de las madres y abuelas de Plaza de Mayo, redacta una “Solicitada sobre los desaparecidos” que expresa lo siguiente:

“Una tarde vinieron a casa las madres y abuelas de Plaza de Mayo a contarme lo que pasaba. Algunas serían histriónicas, pero yo sentí que muchas venían llorando sinceramente, porque uno siente la veracidad. ¡Pobres mujeres tan desdichadas! Eso no quiere decir que sus hijos fueran invariablemente inocentes, pero no importa. Todo acusado tiene derecho al menos a un fiscal, para no hablar de un defensor. Todo acusado tiene derecho a ser juzgado. Cuando me enteré de todo este asunto de los desaparecidos me sentí terriblemente mal. Me dijeron que un general había comentado que si entre cien personas secuestradas, cinco eran culpables, estaba justificada la matanza de las noventa y cinco restantes. ¡Debió ofrecerse él para ser secuestrado, torturado y muerto para probar esa teoría, para dar validez a su argumento! La guerrilla y el terrorismo existieron, desde luego, pero, al mismo tiempo, no creo que sean modelos aconsejables.”

BORGES Y LAS MALVINAS

El 2 de abril de 1980, el ejército argentino invade las Islas Malvinas con el objetivo de recuperarlas. La consecuencia es una guerra perdida contra Inglaterra, aprovechador ocasional durante casi un siglo de estas tierras legítimamente argentinas.

Borges condena la medida bélica adoptada por el gobierno de facto durante el PRN (Proceso de Reorganización Nacional) y, asumiendo una postura para algunos paradójica y cuestionable, valora positivamente la derrota, ofreciendo el siguiente argumento:

“Si se hubiesen reconquistado las Malvinas, posiblemente los militares se hubieran perpetuado en el poder y tendríamos un régimen de aniversarios, de estatuas ecuestres, de falta de libertad total. Además, yo creo que la guerra se hizo para eso, ¿no?”.

Haciéndose eco del enfrentamiento que contrapuso su país natal con el de sus antepasados, Borges escribe en 1985 el libro Los conjurados, e incluye el poema “Juan López y John Ward” reproducido a continuación:

Juan López y John Ward ( en Los conjurados, 1985)
Les tocó en suerte una época extraña.
El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras.
López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward, en las afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote. El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en una aula de la calle Viamonte.
Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.
Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.
El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.¨

 

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