Juglares electrónicos

Fotografía a color de Jorge Luis Borges

Escrito por Marisa E. Martínez Pérsico

La nueva noción de texto que surge con la cultura posmoderna del hipertexto me recuerda, paradójicamente, a la circulación de la información durante la Edad Media. Si bien el canal de transmisión de esa biblioteca itinerante que se llamó “juglar” era la oralidad y el despliegue de su arte –el mester de juglaría– cumplía la función primordial de informar a la población sobre las hazañas y gestas de sus héroes, hay un aspecto de su performance que nosotros, usuarios de Internet del siglo XXI, repetimos. Este poeta trovador, a pesar de su ingenio y capacidad interminable de recreación, carecía de “voluntad de autoría” y sólo actuaba como transmisor cultural. Su techné radicaba en seleccionar materiales de la tradición para reconfigurarlos; su oficio no era el de un plagiario, aunque trabajaba con sedimentos de una cultura heredada de generaciones anteriores. Su arte se dibujaba y desdibujaba mil veces de boca en boca, introduciendo variantes y repitiendo fórmulas, pero siempre bajo el sello del anonimato. La voluntad de autoría recién aparecerá fuertemente con el individualismo renacentista.

¿Por qué me recuerda esta dinámica cultural tan alejada en el tiempo al modo de circulación de la información actual? Especialmente, por la desaparición de límites precisos entre las funciones del emisor y del receptor dentro del circuito de la comunicación. La información que circula en la Madre Red es patrimonio de todos los actores, creada y recreada, factible de ser reproducida con las variantes y repeticiones que cada usuario desee. El lugar del autor, que es el lugar de poder y de “autor-idad” se desdibuja, como dice Gianni Vattimo en La sociedad transparente: medios como el periódico, la radio, la TV han sido determinantes para disolver los puntos de vista centrales, y han promovido la multiplicación de visiones del mundo; en los Estados Unidos de los últimos decenios han tomado la palabras minorías de todo tipo, culturas y subculturas. Podemos incluir a Internet dentro de esta categoría, aunque por su naturaleza no pueda llamarse propiamente recurso massmediático (quien escucha radio o mira TV recibe el mismo mensaje simultáneamente, mientras que en Internet cada receptor está seleccionando la parte que se adecua a sus necesidades o intereses, en el momento en que el receptor lo dispone.)

El nuevo discurso cibernético se plantea como una “obra abierta”, parafraseando la célebre obra de Umberto Eco, una red en constante actualización que permite acceso a infinitud de textos. Como sostiene el postestructuralista Roland Barthes, en este texto abundan las redes que actúan entre sí sin que ninguna pueda imponerse a las demás; este texto es una galaxia de significantes y no una estructura de significados; no tiene principio, pero sí diversas vías de acceso, sin que ninguna de ellas pueda calificarse de principal.

Sin embargo, el fenómeno de la hipertextualidad no nació con Internet, sino con la literatura, que postuló un procedimiento similar mucho tiempo antes (es conocida la frase que dice que los escritores a veces se anticipan a los adelantos científicos de su época y prefiguran el porvenir; tal es el caso paradigmático de Jules Verne). Este procedimiento es la intertextualidad, recurso plenamente aprovechado por Jorge Luis Borges. El mismo permite, mediante el uso de la alusión o la cita, que las obras pertenecientes a una tradición, a un canon cultural establecido, puedan ser retomadas, continuadas y apropiadas con fines personales, en el mejor de los casos como “reelaboraciones creativas” de textos predecesores. Tal es el caso del diálogo intertextual que entablan los cuentos La casa de Asterión con la mitología griega o El fin con la obra maestra de José Hernández, por citar alguna de las obras borgianas donde se hace evidente el empleo de este recurso. Internet permitió una apertura ilimitada a conexiones entre textos, más amplia que aquella otorgada por el libro convencional; el hipertexto permitió la obtención de un tipo de escritura no secuencial para construir un texto que se bifurca, que permite que el lector elija en una serie de opciones provistas por una pantalla interactiva incluyendo recursos expresivos como las imágenes y los sonidos.

Roland Barthes, hace décadas, anunció la “muerte del autor” haciendo alusión a que cada uno, cuando lee una obra ajena, se transforma en el autor de ese texto “huérfano” en el cual las intenciones del autor han muerto. Esta noción, llevada al extremo de la parodia en el cuento borgiano Pierre Menard, autor del Quijote, en el cual un lector francés de la obra cervantina se transforma en su creador por el simple hecho de leerla e interpretarla desde su perspectiva individual, es un claro ejemplo del concepto de autor que subyace a la lógica de la Red de Redes. Quienes formamos el club del “habitué del hipertexto” nos transformamos en voceros de una cultura que nos precede y que nos sucederá, en un punto más de ese gran elástico enciclopédico que se produce y se reproduce como el tejido de Penélope. Del juglar itinerante nació, un milenio después, el juglar electrónico.¨

 

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