Los primeros años del cronopio mayor

Clásica foto de Julio Cortázar

Escrito por Marisa E. Martínez Pérsico

BANFIELD EN JULIO

Julio Florencio Cortázar llegó al mundo en un complicado 1914. Sus padres eran argentinos, con raíces francesas, alemanas y vascas, pero el hijo menor nació fortuitamente en Bruselas, Bélgica, en plena Primera Guerra Mundial, durante la ocupación alemana del país. 

Su padre era especialista en temas económicos y había viajado con una delegación comercial destinada a auxiliar a la Embajada Argentina en Bélgica. Como el País del Plata se mantuvo neutral en el conflicto bélico, la familia Cortázar pudo asilarse en otras naciones neutrales como España y Suiza.

Con este historial familiar, Julio vivió en Barcelona hasta los tres años. De la ciudad catalana conservaría imágenes difusas que jamás podría olvidar. De aquella época data su admiración por la arquitectura de Antonio Gaudí, especialmente por el Parc Güell, donde lo llevaban a jugar de pequeño.

En el año 1918 pudieron regresar a la Argentina. Pero Julio conservó del idioma que aprendió durante su primera infancia esa característica “r afrancesada” de la que jamás logró desprenderse.

Algunos recuerdos recurrentes de Cortázar, que datan de su primera infancia y adolescencia, son el abandono de su padre y el paisaje de Bánfield. Con respecto al primero, cabe mencionar que cuando Julio tenía seis años su progenitor se marchó de su casa para siempre. Dejó a la madre, a la hermana menor y al niño poeta en una situación económica desafortunada.

De Bánfield conserva muchos recuerdos, no siempre gratos, por el clima familiar imperante. La ciudad de la infancia, perteneciente al partido de Lomas de Zamora y situada al sur de Capital Federal, fue el lugar donde vivió entre los cuatro y los diecisiete años de edad. El “cronopio mayor” lo rememora de la siguiente manera:

"Era ese tipo de barrio, sumamente suburbano, que tantas veces encuentras  en las palabras de los tangos: calles no pavimentadas, pequeños faroles en las esquinas, una pésima iluminación que favorecía el amor y la delincuencia en partes iguales, y que hizo que mi infancia fuera una infancia cautelosa y temerosa, porque las madres tenían mucho miedo por los niños. Había un clima a veces inquietante en esos lugares. Y al mismo tiempo era un paraíso: la casa tenía un gran jardín que daba a otros jardines. Un jardín lleno de gatos, perros, tortugas y papagayos: un paraíso. Pero en este jardín ya era yo Adán, en el sentido de que no conservo recuerdos felices de mi infancia -demasiadas tareas, sensibilidad excesiva, tristeza frecuente, asma, brazos rotos, primeros amores desesperados (mi cuento "Los venenos" tiene mucho de autobiográfico). Sin embargo, ése era mi reino, y  he vuelto a él,  lo he evocado en algunos cuentos, porque aún hoy lo siento muy presente, muy vivo".

EL NIÑO Y LAS LETRAS

De pequeño, un médico le encomendó a la madre de Cortázar la difícil tarea de prohibirle la lectura, porque el niño exageraba las horas dedicadas a esta placentera ocupación, además de perder demasiado tiempo en escribir. Julio recordaría, más tarde:

“Un médico le recetó prohibirme los libros durante cuatro o cinco meses. Lo cual fue un sacrificio tan grande que mi madre, una mujer sensible e inteligente, me los devolvió".

El niño ya era un escritor precoz. Sus inicios literarios lo dicen todo:

"Como todos los niños aficionados a la lectura, pronto comencé a querer escribir. Acabé mi primera novela cuando contaba nueve años de edad. Era una novela muy lacrimógena, muy romántica en la que todo el mundo moría al final"

 

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